Lo que viste hace un momento fue solo el suspiro previo a la tormenta; ahora es cuando realmente sentirás el frío de la traición calando en los huesos.
Desde el rincón más oscuro de la terraza, el joven mesero apodado «El Flaco» sentía que las piernas le temblaban tanto que el cristal de las copas en su bandeja empezaba a tintinear. Él no debería estar ahí. Nadie que no perteneciera al círculo íntimo de Don Aurelio debería estar presente cuando los hombres de hierro se reunían a decidir el destino de la ciudad. Pero ahí estaba, petrificado, viendo cómo el aire se volvía pesado, casi sólido, tras el grito desesperado de aquel informante que acababa de irrumpir como un fantasma entre las sombras de los jardines.
Don Aurelio, un hombre cuya sola presencia dictaba el ritmo de los latidos de quienes lo rodeaban, no se inmutó. Sus dedos, gruesos y adornados con anillos que valían más que la vida de cualquier hombre común, seguían acariciando el borde de su vaso de cristal tallado. El whisky, de un ámbar profundo, ni siquiera oscilaba. Esa calma era lo que más aterraba al Flaco. Un hombre que no se asusta ante la palabra «traición» es un hombre que ya ha enterrado a muchos amigos.
—Respira, muchacho —dijo Don Aurelio, con una voz que parecía venir desde el fondo de una tumba—. El pánico es para los que no tienen un plan. Dinos, ¿quién se vendió por unas monedas?
Julián, el informante, cayó de rodillas sobre el mármol frío. Tenía la camisa desgarrada y el sudor le bajaba por las sienes mezclado con sangre. Su respiración era un silbido agónico. Todos en la mesa —sus lugartenientes más leales, sus hermanos de sangre y de armas— se miraron entre sí. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el grito lejano de un búho y el zumbido de los grillos que, ajenos a la tragedia, seguían con su serenata nocturna.
A la derecha del jefe estaba Ricardo, su mano derecha desde hacía quince años. Ricardo tenía la mandíbula apretada y la mano descansando discretamente sobre la culata de su arma, oculta bajo la chaqueta de lino italiano. A la izquierda, el «Sargento» Mendoza, un hombre de pocas palabras que siempre olía a pólvora y tabaco barato. Frente a ellos, otros tres hombres que habían jurado lealtad sobre una Biblia y un revólver.
—Vienen por nosotros, patrón —logró articular Julián, con la voz rota—. El perímetro ya no es seguro. Los federales tienen las coordenadas exactas de esta terraza. Alguien les dio la señal hace diez minutos.
Don Aurelio finalmente levantó la vista. Sus ojos, dos pozos de obsidiana que habían visto lo peor de la humanidad, recorrieron cada rostro presente. Buscaba una debilidad, un parpadeo excesivo, una gota de sudor fuera de lugar. Sabía que la traición no viene de los enemigos, porque de ellos ya se espera el ataque. La traición siempre viene de los que se sientan a tu mesa, de los que conocen tus debilidades y han brindado por tu salud.
—Diez minutos —susurró Don Aurelio, mirando su reloj de oro—. Es tiempo suficiente para morir, pero también para cobrar una deuda.
El Flaco, desde su esquina, vio cómo el Sargento Mendoza se ponía de pie lentamente. La tensión era un hilo invisible a punto de reventar. En ese momento, las luces de la mansión parpadearon. Fue apenas un segundo, pero en ese segundo, el mundo cambió de eje.
—No te muevas, Mendoza —advirtió Ricardo, desenfundando con una velocidad que el ojo humano apenas podía seguir—. Nadie se mueve hasta que sepamos quién es la rata que nos entregó.
Don Aurelio soltó una carcajada seca, carente de cualquier pizca de humor. Era el sonido de la muerte tocando a la puerta. Se puso de pie con una elegancia felina, ignorando las armas que empezaban a salir de sus fundas alrededor de la mesa. El jefe sabía que el traidor estaba ahí, respirando su mismo aire, esperando el momento de dar la estocada final.
—Es curioso, ¿no creen? —dijo el jefe, caminando lentamente alrededor de la mesa—. Construí este imperio sobre la confianza. Pensé que les había dado todo: dinero, poder, protección para sus familias. Pero parece que el corazón humano siempre tiene un precio de liquidación.
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