Sé que no pudiste cerrar la ventana porque, al igual que yo, sentiste que esta historia tiene un mensaje guardado solo para ti. Vamos a descubrirlo juntos.
Doña Rosa, la mujer que por más de cuarenta años se ha encargado de quitarle el polvo a los santos de madera, no podía creer lo que sus ojos cansados estaban viendo aquella tarde de calor sofocante.
Desde la pequeña ventana de la sacristía, vio cómo tres camionetas negras levantaban una cortina de polvo que parecía querer tragarse al pueblo entero.
Pero lo que realmente le heló la sangre no fue el rugido de los motores, sino la figura de don Aurelio, un hombre cuya sola presencia solía imponer un silencio sepulcral en las calles, corriendo desesperado hacia la entrada del templo.
Aurelio no corría solo. Sus dos escoltas más fieles, muchachos que apenas habían dejado atrás la adolescencia pero que ya cargaban el peso de mil batallas en la mirada, le cubrían la espalda con una angustia que no lograban disimular.
Sus botas pesadas resonaron contra el suelo de piedra, rompiendo la paz que durante siglos había reinado en ese santuario de adobe y fe.
—¡Cierra las puertas, Chacal! ¡Ahora mismo! —gritó Aurelio con la voz quebrada por el esfuerzo físico y el presentimiento de que el final estaba cerca.
El sonido de las pesadas maderas de roble chocando una contra la otra retumbó en la cúpula, como un trueno en medio de un cielo despejado.
Afuera, el desierto calló por un segundo, solo para ser interrumpido por el chirrido de los neumáticos frenando en seco justo frente a las escalinatas.
Aurelio se apoyó contra una de las columnas talladas, sintiendo el frío de la piedra a través de su camisa de seda empapada en sudor.
Su corazón golpeaba su pecho con la fuerza de un martillo, y por un instante, el hombre que controlaba medio estado se sintió tan pequeño como el niño que, décadas atrás, venía a esta misma iglesia a pedirle a la Virgen que su padre no llegara borracho a casa.
—Patrón, nos tienen rodeados —susurró «El Flaco», revisando su arma con manos temblorosas—. Son los del Cuervo. No vienen a platicar, usted lo sabe.
Aurelio no respondió. Sus ojos estaban fijos en el altar, en la luz mortecina de las velas que parecían bailar con el viento que se filtraba por las rendijas.
Había algo poético y cruel en haber terminado ahí, en el único lugar donde nunca pensó volver a entrar.
Un lugar que representaba todo lo que él había abandonado a cambio de poder, dinero y una soledad disfrazada de respeto.
Los hombres del Cuervo no tardaron en llegar a la entrada. No hubo gritos de advertencia, solo el golpe seco y rítmico de alguien que sabe que tiene la ventaja.
La madera de la puerta principal, aunque vieja y resistente, comenzó a quejarse bajo la presión de los que buscaban sangre.
—Aurelio… —una voz profunda y cargada de veneno se filtró desde el exterior—. Sal de ahí. No hagas que manchemos la casa de Dios con tu porquería. Sabes que no tienes salida. El desierto es muy grande, pero hoy se te acabó el camino.
El protagonista cerró los ojos. Podía oler el incienso mezclado con el aroma de la pólvora que sus propios hombres traían consigo.
Era un contraste violento, una bofetada a su realidad. Miró sus manos, esas que habían firmado sentencias y repartido fortunas, y por primera vez en años, las vio vacías.
—Jefe, ¿qué hacemos? —insistió El Chacal, con el dedo puesto en el gatillo, mirando hacia las ventanas altas por donde la luz del atardecer empezaba a teñirse de un rojo sangre.
Aurelio respiró hondo. Caminó lentamente hacia el centro del pasillo principal, dejando que sus huellas marcadas por el polvo del camino fueran visibles sobre el suelo impecable que Doña Rosa tanto cuidaba.
Cada paso era un eco de su pasado. Cada paso era un recordatorio de que, por más que huyas, el destino siempre sabe dónde encontrarte, especialmente cuando decides esconderte en el lugar donde el alma no puede mentir.
La tensión era tan espesa que se podía sentir en la piel, como la estática antes de una tormenta eléctrica.
Los golpes en la puerta cesaron de golpe. Un silencio absoluto se apoderó del recinto, un silencio que dolía más que cualquier grito.
Aurelio sabía que estaban buscando una entrada trasera, o quizás simplemente estaban disfrutando del miedo que creían haber sembrado en él.
Pero lo que ellos no sabían era que Aurelio no tenía miedo. Tenía algo mucho más peligroso: claridad.
Se giró hacia sus hombres y les hizo una seña para que se ocultaran tras el altar. Él, en cambio, se dirigió hacia las sombras de las columnas laterales, donde la oscuridad era lo suficientemente densa como para tragarse a un hombre entero.
Desde allí, observó cómo una de las puertas laterales cedía lentamente. La luz del exterior entró como una lanza, revelando el polvo que flotaba en el aire.
Las sombras de los enemigos se proyectaron largas y deformes sobre el suelo sagrado.
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