Sé que te quedaste con el corazón en la mano y por eso estás aquí, para ver cómo termina este juego de sombras donde nada es lo que parece.
El aire en la oficina de la mansión se sentía denso, casi sólido. El Patrón no movió ni un músculo cuando la puerta se abrió de par en par, golpeando contra la pared con un estruendo que habría hecho saltar a cualquier otro hombre. Él simplemente siguió observando el ámbar del whisky en su vaso de cristal cortado, viendo cómo el hielo giraba perezosamente, ajeno al caos que estaba por desatarse.
—¡Patrón, nos vendieron! —gritó El Flaco, con la respiración entrecortada y el sudor empapando su camisa de seda—. Vienen por todos lados. Los radares detectaron tres helicópteros Black Hawk a menos de cinco minutos. Por tierra, la estatal ya bloqueó las salidas de la montaña.
El Patrón finalmente levantó la vista. Sus ojos, dos pozos oscuros que habían visto pasar a amigos y enemigos por igual hacia el descanso eterno, no mostraban ni una pizca de miedo. No era arrogancia; era algo mucho más profundo. Era la calma de quien ha jugado esta partida de ajedrez mil veces en su cabeza antes de mover la primera pieza.
—Cinco minutos es una vida entera, Flaco —respondió con una voz profunda, tan suave que obligó al informante a aguzar el oído—. Si te desesperas, ya perdiste. Y yo no tengo planes de perder esta noche.
Ramiro, el jefe de seguridad, entró con paso firme, sosteniendo su fusil con la naturalidad de quien carga un paraguas. Su rostro estaba marcado por una cicatriz que le cruzaba la mejilla, un recordatorio de una emboscada en la frontera años atrás. Miró al Patrón esperando una orden, una señal para empezar la carnicería que todos esperaban.
—¿Activamos el protocolo de defensa, señor? Los muchachos están listos para morir por usted —dijo Ramiro, con una lealtad que no se compra con dinero, sino con años de respeto mutuo.
El Patrón se puso de pie con una elegancia felina. Se ajustó los puños de su camisa y caminó hacia el gran ventanal que ofrecía una vista panorámica de la selva circundante. A lo lejos, las luces de la ciudad brillaban como diamantes falsos. Él sabía que, en este momento, en alguna oficina alfombrada a cientos de kilómetros de distancia, un general estaba celebrando su captura antes de que ocurriera.
—Nadie va a morir hoy por un montón de cemento y mármol, Ramiro —sentenció el líder—. El orgullo es un lujo que los muertos no pueden permitirse. Dile a los muchachos que dejen las armas pesadas en el armero. No quiero un solo disparo.
El Flaco y Ramiro se miraron confundidos. La mansión era una fortaleza, una joya arquitectónica que había costado millones y que guardaba secretos que podrían hundir a gobiernos enteros. Abandonarla sin pelear parecía una traición a todo lo que habían construido.
—Pero Patrón… —intentó decir El Flaco, cuya mano temblorosa aún sostenía el teléfono satelital.
—Escúchame bien —lo interrumpió el Patrón, acercándose a él y poniéndole una mano en el hombro—. Las casas se reconstruyen. Los hombres, no. Hoy vamos a darles lo que quieren: la gloria de entrar en mi guarida. Pero lo que no saben es que entrarán en un mausoleo vacío.
El sonido de las aspas de los helicópteros empezó a retumbar en la distancia, un eco sordo que hacía vibrar los cristales de la mansión. El tiempo se agotaba. El Patrón caminó hacia la enorme biblioteca de madera de caoba que cubría la pared norte. Deslizó sus dedos sobre los lomos de los libros hasta que encontró un volumen encuadernado en cuero desgastado. No era un libro de leyes, ni de historia; era un diario viejo.
Al tirar del libro, un mecanismo hidráulico casi inaudible se activó. Una parte de la estantería retrocedió y se deslizó hacia un lado, revelando una abertura oscura que olía a tierra húmeda y a ozono. Era el túnel, una obra de ingeniería secreta que cruzaba el corazón de la montaña por más de dos kilómetros hasta desembocar en una pequeña cabaña de pescadores en el río.
—Ramiro, asegúrate de que todos los escoltas bajen primero —ordenó el Patrón—. El Flaco, tú vas conmigo. No quiero que dejes nada atrás, especialmente esa lista de contactos.
El ambiente se volvió frenético pero extrañamente silencioso. Los hombres del Patrón, entrenados para el combate, ahora se movían con la eficiencia de sombras nocturnas. Iban cargando maletines, discos duros y lo esencial para una vida en movimiento. Nadie hablaba. La disciplina era absoluta.
El Patrón se detuvo un segundo frente a su escritorio. Miró una fotografía enmarcada en plata: una mujer joven sonriendo bajo el sol de una playa que ya no existía para él. Suspiró, guardó la foto en el bolsillo interior de su saco y dejó el vaso de whisky a medio terminar sobre la mesa.
—Es hora —dijo, dando un paso hacia la oscuridad del túnel.
Justo en ese momento, una explosión ensordecedora sacudió la entrada principal de la mansión. Los equipos de asalto de la policía habían llegado. Los gritos de «¡Policía, al suelo!» empezaron a resonar en los pasillos exteriores, acompañados por el estallido de granadas de estruendo. El Patrón sonrió de medio lado, una mueca fría y calculadora.
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