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Momentos Únicos

El último deseo del patrón: cuando el desprecio se encuentra con la justicia

5 min de lectura

Sabía que tu corazón no te permitiría quedarte solo con el inicio; hay verdades que merecen ser descubiertas hasta el final, y esta es una de ellas.

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El aire en la biblioteca de la mansión de los Alcázar estaba saturado con el aroma de los lirios blancos y el pesado olor a cera de los cirios que aún no se terminaban de apagar.

Doña Elena, con sus setenta años a cuestas y las manos nudosas entrelazadas sobre su delantal negro, sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies.

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Frente a ella, Patricia, la mujer que apenas tres años atrás se había casado con Don Ricardo, caminaba de un lado a otro como un animal de presa acechando a su víctima.

Sus tacones de aguja resonaban contra el mármol con una violencia rítmica, un sonido que Elena sentía como martillazos en su propio pecho.

—¿Me escuchaste, vieja inútil? —gritó Patricia, su voz rompiendo el silencio sepulcral de la casa—. No quiero verte aquí cuando salga el sol. Este no es un asilo, y mucho menos un refugio para parásitos que se creen de la familia.

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Elena bajó la mirada. Sus ojos, nublados por las cataratas y el cansancio de cuarenta años de servicio, se fijaron en las manchas de sus propias manos.

Esas manos habían bañado a Don Ricardo cuando era un niño, habían curado sus heridas de juventud y, finalmente, habían sostenido su mano temblorosa hasta que dio su último suspiro hace apenas dos días.

—Señora Patricia, yo solo… yo solo quería recoger mis cosas del cuarto de servicio —balbuceó Elena, con la voz quebrada por el llanto contenido—. Don Ricardo me dijo que no me preocupara, que él se encargaría de que yo…

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Un estallido seco interrumpió su frase.

La palma de la mano de Patricia impactó con fuerza en la mejilla de la anciana.

El golpe fue tan repentino que Elena perdió el equilibrio y cayó de rodillas, golpeando la mesa de caoba.

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Un pequeño cofre de madera, que Elena protegía con celo bajo su brazo, rodó por el suelo, abriéndose y esparciendo un par de fotografías viejas y una medalla de la Virgen de Guadalupe.

—¡No vuelvas a pronunciar su nombre con esa boca llena de servidumbre! —escupió Patricia, su rostro antes hermoso ahora deformado por una mueca de odio puro—. Ricardo era un viejo senil al final. Lo que te haya dicho no vale nada.

Elena, con el rostro ardiendo y el corazón latiendo desbocado, intentó recoger sus pertenencias del suelo. Sus dedos temblaban tanto que apenas podía sujetar las fotos.

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—Ese cofre… es lo único que me queda de mis años aquí —susurró Elena, mientras las lágrimas finalmente rodaban por sus arrugas.

Patricia soltó una carcajada gélida. Se acercó y, con la punta de su zapato de diseñador, pisó la fotografía donde aparecía un joven Ricardo abrazando a una Elena mucho más joven el día que ella cumplió veinticinco años de servicio.

—Esto es basura. Como tú —sentenció la viuda—. Te doy diez minutos para que desaparezcas. Si te vuelvo a ver, llamaré a la policía y diré que te robaste las joyas de mi esposo. ¿Quién crees que le creerá a una gata como tú frente a la dueña de todo este imperio?

La humillación era física. Elena sentía que el aire le faltaba.

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En ese momento, la puerta de la biblioteca se abrió con un chirrido pesado.

Era el Licenciado Guzmán, el abogado de toda la vida de Don Ricardo, un hombre de rostro impasible y ojos que lo habían visto todo.

Traía consigo un maletín de cuero gastado y una expresión que no auguraba nada bueno para la paz de la casa.

—Señora Patricia, lamento interrumpir su… desahogo —dijo Guzmán, mirando de reojo a Elena, que seguía en el suelo—. Pero la lectura del testamento debe realizarse ahora mismo. Es una orden expresa del difunto.

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Patricia se acomodó el cabello, recuperando instantáneamente su máscara de viuda desconsolada, aunque sus ojos seguían echando chispas.

—Perfecto, Licenciado. Terminemos con este trámite. Quiero que esta mujer esté fuera de mi vista antes de que termine el café.

Guzmán no respondió. Se acercó a Elena y, con una caballerosidad que la anciana no esperaba, le ofreció la mano para ayudarla a levantarse.

—Usted también debe quedarse, Doña Elena —dijo el abogado con voz firme—. Usted es parte fundamental de esta reunión.

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