Continuamos con la historia justo donde la dejamos, en el momento en que las máscaras comienzan a caer…
Patricia soltó un bufido de desprecio y se desplomó en el sillón principal, aquel que siempre perteneció a Don Ricardo.
Cruzó las piernas con arrogancia, ignorando por completo el dolor que emanaba de la anciana sirvienta, quien se sentó en la orilla de una silla de madera, apretando el cofre recuperado contra su pecho.
—¿Qué broma es esta, Guzmán? —preguntó Patricia, encendiendo un cigarrillo a pesar de que sabía que Ricardo odiaba el olor al tabaco—. ¿Por qué la servidumbre tiene que estar presente en asuntos de alta alcurnia?
El abogado se sentó tras el escritorio y comenzó a sacar unos documentos sellados con lacre rojo. El silencio en la habitación era denso, interrumpido solo por el tictac de un reloj de pared que parecía contar los segundos para una ejecución.
—Don Ricardo fue muy específico, Patricia —dijo el Licenciado, dejando de lado los títulos de cortesía—. Él sabía que este momento llegaría. Y también sabía exactamente cómo te comportarías.
Patricia arqueó una ceja, soltando una nube de humo hacia el techo.
—No me hables de sus presentimientos. Ricardo estaba débil de la cabeza. Los últimos meses apenas sabía quién era yo. Seguramente me dejó todo a mí por el cuidado que le di… ese «sacrificio» de estar a su lado.
Elena bajó la cabeza. Ella recordaba bien ese «sacrificio».
Recordaba las noches en que Patricia salía a fiestas mientras Ricardo tosía sangre en su habitación.
Recordaba cómo ella, Elena, le sostenía la palangana, le cambiaba las sábanas y le leía pasajes de sus libros favoritos para que pudiera dormir, mientras la «esposa» regresaba al alba, oliendo a alcohol y a otros hombres.
—Vamos a proceder —dijo Guzmán, rompiendo el sobre—. «Yo, Ricardo Alcázar, en pleno uso de mis facultades mentales, declaro que mi matrimonio con Patricia Luján fue el error más grande de mi vejez. Una debilidad de la carne que pagué con la soledad de mi espíritu».
Patricia se puso de pie de un salto, el cigarrillo cayendo de sus dedos.
—¡Eso es mentira! ¡Ese testamento está manipulado! —gritó, su rostro tornándose de un rojo violento.
—Siéntese, señora —ordenó el abogado con una autoridad que la hizo retroceder—. Todavía no llego a la parte importante.
Guzmán continuó leyendo, y cada palabra era como un latigazo en el aire.
Ricardo detallaba cómo había descubierto las infidelidades de su esposa, cómo había documentado cada transferencia de dinero que ella hacía a sus amantes y cómo, en su lecho de muerte, comprendió que la única lealtad que había conocido en su vida venía de la mujer que le traía el té cada mañana sin falta.
—»Por lo tanto» —leyó Guzmán, subiendo el tono de voz—, «revoco cualquier testamento anterior. A mi esposa, Patricia, le dejo la suma de un dólar y el derecho de sacar sus pertenencias personales de esta casa en un plazo de dos horas».
El silencio que siguió fue absoluto. Patricia parecía haber sido convertida en piedra. Sus labios temblaban, pero no salía sonido alguno.
—¿Y el resto? —susurró finalmente, con una voz que apenas era un hilo de desesperación—. La empresa, las cuentas en Suiza, los viñedos, esta mansión… ¿A quién se lo dejó? ¿A una fundación? ¿Al gobierno?
Guzmán miró a Elena. La anciana estaba pálida, sus manos nudosas aferradas al pequeño cofre de madera. Ella no entendía bien lo que estaba pasando; solo sabía que el abogado la miraba con una mezcla de respeto y ternura.
—»Instituyo como mi única y legítima heredera universal de todos mis bienes, propiedades y fortuna» —leyó el abogado con solemnidad—, «a la señora Elena Velázquez. Mi amiga, mi confidente y la única persona que me amó sin esperar nada a cambio durante cuarenta años».
Patricia soltó un alarido, una mezcla de risa histérica y llanto de rabia.
—¡Esto es una farsa! ¡Es ilegal! ¡Esa vieja analfabeta no sabe ni firmar su nombre! ¡No puede quedarse con mi vida! ¡Es una sirvienta! ¡Huele a cloro y a cocina!
La viuda se abalanzó sobre el escritorio, intentando arrebatarle los papeles al abogado, pero Guzmán fue más rápido y los guardó bajo su brazo.
—Los documentos están notariados y registrados, Patricia. Hay videos de Ricardo grabados ante testigos médicos que certifican su lucidez. No hay nada que puedas hacer. Elena no es solo la dueña de esta casa; ahora es tu jefa, tu arrendadora y la dueña de cada joya que llevas puesta, ya que todas fueron compradas con el dinero de la cuenta que ahora le pertenece a ella.
Elena sentía que el mundo daba vueltas. Se levantó lentamente, sintiendo el peso de sus setenta años, pero también una extraña ligereza que nunca había experimentado.
Miró a Patricia, quien ahora estaba desparramada en el suelo, llorando de rabia, golpeando la alfombra con sus puños cerrados.
—Elena… Elenita —sollozó Patricia, cambiando su tono a uno suplicante y falso en cuestión de segundos—. Tú me conoces… yo estaba nerviosa por el luto. No quise pegarte. Somos mujeres, nos entendemos. No dejes que este hombre me eche a la calle. ¡Dile que es un error!
Elena miró la marca roja en su propia mejilla que aún ardía. Miró la foto pisoteada de Don Ricardo en el suelo.
—Señora Patricia —dijo Elena con una calma que sorprendió incluso al abogado—, usted dijo que yo era basura. Y la basura se saca de la casa antes de que empiece a oler mal.
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