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Risas y Lágrimas

El cofre de las sombras: La última voluntad del tío Aurelio que nadie esperaba

6 min de lectura

Lo que viste hace un momento fue apenas el principio de este misterio; ahora es momento de que la verdad salga a la luz de forma definitiva.

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Mario apretó los puños debajo de la mesa de caoba, sintiendo cómo el sudor frío le recorría la nuca. El aire en el despacho del Licenciado Valenzuela estaba viciado, cargado con ese olor a papel viejo y humedad que tienen los lugares donde se guardan secretos demasiado pesados. Frente a él, su esposa Elena contenía el aliento, con los ojos fijos en el sobre lacrado que el abogado sostenía entre sus dedos delgados y pálidos.

Habían sido meses de sacrificio. Meses de turnos dobles en la fábrica, de vender lo poco que tenían para pagar las medicinas de Aurelio y de dormir en sillas incómodas de hospital mientras el anciano se desvanecía. Lo hacían por amor, sí, pero también con la esperanza silenciosa de que el tío Aurelio, un hombre que siempre presumió de sus «grandes negocios», no los dejaría desamparados en medio de la crisis que amenazaba con quitarles su pequeña casa.

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—El señor Aurelio fue muy específico en sus últimas horas —comenzó el abogado, su voz era un hilo monótono que cortaba el silencio como una cuchilla—. Cambió su testamento apenas tres días antes de fallecer. Estaba muy lúcido, se los aseguro.

Elena tragó saliva. Sus manos, agrietadas por el trabajo doméstico y el cansancio, temblaban ligeramente sobre su falda. Miró a Mario, buscando un anclaje, pero él estaba perdido en sus propios cálculos mentales: la hipoteca vencida, la colegiatura de los niños, las deudas que se acumulaban como una montaña de nieve.

—Licenciado, por favor —susurró Elena con un hilo de voz—, solo díganos qué decidió mi tío. Hemos pasado por mucho estos meses.

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El Licenciado Valenzuela se acomodó las gafas y desdobló el documento. El crujido del papel pareció un trueno en la habitación. Mario cerró los ojos, esperando escuchar cifras, cuentas bancarias, quizás la propiedad de la ciudad que todos sabían que Aurelio poseía. Pero lo que salió de la boca del abogado lo dejó helado.

—»A mi sobrino Mario y a su esposa Elena, quienes me acompañaron en mis horas finales… les dejo mi propiedad en el pueblo de San Judas y el cofre de madera de mi estudio. No hay más bienes líquidos a su nombre».

El silencio que siguió fue absoluto. Mario sintió un vacío en el estómago, una mezcla de náuseas e indignación que le subió por la garganta. ¿San Judas? Ese era un pueblo fantasma, un lugar perdido en la sierra donde la tierra no servía ni para enterrar a los muertos. ¿Y un cofre?

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—¿Eso es todo? —la voz de Mario sonó ronca, casi irreconocible—. ¿Después de todo lo que gastamos? ¿Después de que vaciamos nuestros ahorros para que tuviera una muerte digna? ¡Ese hombre nos dijo que estaríamos bien!

El abogado no se inmutó. Estaba acostumbrado a ver la codicia y la desesperación pelearse en ese mismo escritorio. Simplemente empujó una llave de hierro vieja y un papel con una dirección hacia el centro de la mesa.

—El testamento es claro, señor Mario. La propiedad de San Judas es ahora suya. El cofre debe ser abierto únicamente dentro de esa casa. Fue la última voluntad de su tío, y él fue muy enfático en que, si no cumplían con esa condición, el legado pasaría a una beneficencia pública.

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Elena tomó la mano de su esposo. Sentía el calor de su ira, pero también el peso de la derrota. No tenían opción. Estaban en la quiebra, y ese pedazo de tierra en San Judas era lo único que les quedaba en el mundo, por muy inútil que pareciera.

—Vamos, Mario —dijo ella suavemente—. Vamos a ver qué nos dejó. Quizás… quizás hay algo más en ese cofre que no sea solo madera vieja.

Mario miró la llave con desprecio. Le recordaba a todas las promesas rotas de su tío, un hombre que siempre vivió rodeado de un halo de misterio y supuesta riqueza, pero que terminó sus días en una cama de hospital público, financiado por el sudor de su familia.

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Salieron del despacho bajo un sol abrasador que no lograba calentar el frío que sentían por dentro. El viaje a San Judas les tomó seis horas. A medida que avanzaban, el paisaje se volvía más árido, más desolado. Las casas de adobe derruidas y los campos secos hablaban de un pasado próspero que se había evaporado hacía décadas.

Cuando finalmente llegaron a la dirección indicada, sus corazones se hundieron aún más. La «propiedad» era una casona que parecía sostenerse en pie solo por milagro. Las ventanas estaban tapiadas con tablas podridas y la maleza había invadido el porche, enredándose en las columnas como serpientes hambrientas.

—Es una burla —masculló Mario, bajándose del viejo coche que amenazaba con dejarlos tirados—. Es una maldita burla de Aurelio. Nos trajo aquí para reírse de nosotros desde la tumba.

Elena no respondió. Caminó hacia la puerta principal, sintiendo una extraña vibración en el aire. Sacó la llave de hierro y, con un esfuerzo que le hizo doler las muñecas, la giró en la cerradura. La puerta cedió con un gemido agónico.

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El interior estaba cubierto por una capa de polvo tan espesa que parecía alfombra. El olor a encierro y a algo más… algo dulce y metálico, los recibió. En el centro de lo que alguna vez fue una sala elegante, sobre una mesa solitaria que milagrosamente no se había quebrado, reposaba un cofre de madera oscura, tallado con figuras que no parecían de este mundo.

—Ahí está —susurró Elena, señalando el objeto.

Mario se acercó con paso pesado. La frustración lo estaba consumiendo. Quería patear el cofre, romperlo, gritarle al fantasma de su tío por haberlos engañado de esa manera. Pero cuando estuvo frente al cofre, notó algo extraño. No tenía cerradura. Solo una pequeña hendidura en la parte superior donde encajaba perfectamente una moneda o un dije.

De repente, recordó algo. El tío Aurelio siempre llevaba una medalla de plata al cuello, una que nunca se quitó, ni siquiera cuando los médicos insistieron durante la cirugía. Mario la había guardado en su bolsillo después de que la enfermera se la entregara tras el fallecimiento.

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Con manos temblorosas, Mario sacó la medalla. Era un círculo de plata desgastada con una inscripción en latín que nunca se molestó en traducir. La colocó en la hendidura. Un clic seco resonó en las paredes vacías de la casa.

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