Sé que te quedaste con el corazón en un hilo tras ese primer encuentro, y esa chispa de curiosidad es la que te ha traído al lugar exacto para descubrir la verdad.
El tintineo de las copas de cristal de bohemia y el murmullo de las risas ensayadas en el jardín de la mansión se desvanecieron de repente.
Para Valeria, el mundo se redujo a un solo punto: los ojos gélidos de Don Fernando.
Ella sostenía la pesada bandeja de plata con una mano firme, a pesar de que por dentro sus rodillas amenazaban con traicionarla.
Huele a jazmines y a perfumes importados, una fragancia que a partir de esa noche Valeria asociaría siempre con la humillación.
—Dígame, jovencita —repitió Don Fernando, bajando la voz a un susurro que cortaba más que un cuchillo—, ¿cuánto es? Póngale un precio a su «amor» por mi hijo y terminemos con este teatro.
Valeria sintió que el aire se espesaba. Julián, el hijo de aquel hombre, no estaba cerca para defenderla, y ella sabía que eso no era casualidad.
Don Fernando había esperado el momento exacto en que ella se quedara sola, sirviendo el área de los canapés, para acorralarla.
—Usted se equivoca de persona, señor —respondió ella, con una voz que nació desde lo más profundo de su dignidad—. No estoy aquí por su apellido, ni por su cuenta bancaria.
Don Fernando soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de alegría.
Era un hombre que creía que el mundo entero tenía una etiqueta de precio colgada del cuello.
—Por favor —dijo él, acomodándose la corbata de seda—, he visto a cientos como tú. Chicas que vienen de barrios que ni aparecen en el mapa, con sueños de grandeza y ojos hambrientos.
Él dio un paso hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Valeria, obligándola a retroceder hasta que su espalda chocó con una columna de mármol.
—Crees que Julián es tu boleto de salida, ¿verdad? Una vida de lujos, viajes a Europa, joyas… —continuó él, con un desprecio que le deformaba las facciones.
Valeria apretó los dedos contra el borde de la bandeja. Sus nudillos estaban blancos.
Podía ver su propio reflejo en los anteojos de oro de aquel hombre: una muchacha con uniforme de mesera, el cabello recogido en un moño perfecto y el rostro limpio de maquillaje excesivo.
—Lo que yo crea no es de su incumbencia —replicó ella, manteniendo la mirada—. Pero lo que sí es mi asunto es el respeto. Y usted no me está dando ninguno.
—El respeto se gana con posición, no con bandejas —escupió Don Fernando—. Tú eres una empleada. Una distracción pasajera para mi hijo. Él se casará con alguien de su altura, alguien que entienda lo que significa mantener un imperio.
En ese momento, una de las invitadas, una mujer enjoyada hasta los dientes, se acercó para tomar una copa de la bandeja de Valeria.
La tensión era tan palpable que la mujer se detuvo un segundo, miró a Don Fernando, luego a la mesera, y se retiró rápidamente sin decir palabra.
Valeria sabía que todos estaban mirando de reojo. El escándalo era el postre favorito de esa clase social.
—Usted habla de imperios —dijo Valeria, con una calma que empezó a inquietar al magnate—, pero parece que su mayor tesoro es la amargura.
Don Fernando enrojeció. Nadie, absolutamente nadie en ese círculo, se atrevía a hablarle así.
—¡Cómo te atreves! —exclamó, aunque seguía tratando de mantener el tono bajo para no arruinar la fiesta—. Te voy a destruir, niña. Mañana mismo estarás buscando trabajo en la calle, y me encargaré de que ninguna agencia de eventos te vuelva a contratar.
—¿Eso es lo único que tiene? —preguntó Valeria, sintiendo una extraña libertad—. ¿Amenazas? ¿Miedo?
Ella bajó la bandeja y la colocó sobre una mesa lateral con una elegancia que dejó a Don Fernando descolocado.
Ya no era la mesera sumisa. Era una mujer defendiendo su esencia.
—Usted cree que me humilla llamándome «trepadora» —continuó ella—, pero lo único que hace es demostrar que no conoce en absoluto a su hijo.
—Conozco a Julián mejor que nadie —dijo él, aunque su voz tembló ligeramente de rabia.
—Si lo conociera, sabría que él no me eligió por mi currículum, sino porque soy la única persona que no baja la cabeza cuando usted entra a una habitación.
Don Fernando metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó una chequera de cuero negro. El momento que Valeria tanto temía había llegado.
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