Continuamos con la historia donde la dejamos…
El giro de Sombra fue tan brusco que Elena cayó al suelo. La arena se le metió en la boca y los ojos, cegándola por un instante. Cuando logró enfocar la vista, vio la sombra gigantesca del toro cerniéndose sobre ella. El animal estaba fuera de sí; el dolor de la pedrada y los gritos de la multitud habían despertado al monstruo que Don Valente quería ver.
—¡Lucero, por favor! —gritó ella, intentando levantarse, pero el tobillo se le había doblado en la caída.
Desde el palco, Don Valente soltó una carcajada seca. Él no quería una demostración de doma; él quería una ejecución que sirviera de ejemplo para cualquiera que se atreviera a desafiar su autoridad. Para él, ese millón de dólares nunca estuvo en riesgo, porque estaba convencido de que la naturaleza salvaje siempre triunfaría sobre la cursilería del afecto.
—¡Ahí tienes tu recompensa, niña! —gritó el hombre, encendiendo un habano con total parsimonia—. ¡La naturaleza no tiene memoria!
El toro retrocedió unos pasos, ganando espacio para una nueva carga. Sus pezuñas excavaban surcos profundos en la arena. Elena, atrapada en el suelo, vio cómo el animal bajaba la testuz. Esta vez no había duda: el ataque sería mortal. La joven, en un acto de rendición absoluta, dejó de intentar huir. Se sentó sobre la arena, se limpió la cara con el dorso de la mano y comenzó a tararear una melodía suave, una vieja canción de cuna que su abuela le cantaba y que ella solía repetirle al ternero en la oscuridad del establo.
Una melodía contra la furia
La canción era apenas un hilo de voz, casi inaudible para el público, pero para el toro, fue como si un rayo de luz atravesara la tormenta de su cerebro. Sombra se detuvo en seco. Sus orejas se movieron, buscando el origen de ese sonido que vibraba en algún rincón olvidado de sus instintos.
Elena no se detuvo. Aunque su voz temblaba, la melodía seguía fluyendo. «Duerme, mi lucerito, que la noche ya llegó…». Ella recordaba cada noche que pasó junto a él, cuando el frío calaba los huesos y ellos dos eran los únicos seres vivos en kilómetros a la redonda que se daban calor mutuamente.
—¿Te acuerdas, Lucero? —preguntó ella en un susurro, mientras el toro se acercaba lentamente, ya no para embestir, sino movido por una curiosidad ancestral—. Te acuerdas de la leche tibia, de las manzanas que te robaba de la cocina de Don Valente… Te acuerdas de que yo te salvé la vida.
El toro estaba ahora a menos de un metro. Su cabeza era más grande que el torso de Elena. Los espectadores estaban mudos. Nadie se atrevía a mover un músculo. Era una escena irreal: una joven herida en el suelo y una bestia de mil kilos intercambiando miradas en medio de un ruedo bañado por el sol.
La traición del hombre
Don Valente, viendo que su «espectáculo» se convertía en un momento de ternura que lo dejaba en ridículo ante sus invitados, perdió los estribos. No podía permitir que una campesina le ganara, y mucho menos que demostrara que su sistema de terror era fallido.
—¡Traigan las picas! —ordenó a sus guardias personales—. ¡Hagan que ese maldito animal reaccione! ¡No me importa si tienen que herirlo de muerte, pero que esa mujer no salga ilesa de ahí!
Dos hombres saltaron al ruedo con varas largas terminadas en puntas de acero. Elena los vio por el rabillo del ojo. Si pinchaban a Lucero ahora, el animal entraría en un frenesí del que nadie saldría vivo.
—¡No! —gritó Elena—. ¡No le hagan daño! ¡Él me conoce!
Pero los guardias no escuchaban. Uno de ellos lanzó un pinchazo certero en el cuarto trasero del toro. El animal rugió de dolor y rabia. Se dio la vuelta con una agilidad aterradora, lanzando un derrote que estuvo a punto de destripar al guardia. El caos se apoderó de la plaza. Los invitados de Don Valente empezaron a gritar, algunos por miedo, otros por la adrenalina del momento.
En medio de la confusión, Lucero volvió a girar hacia Elena. Pero esta vez, algo había cambiado. El dolor lo había cegado. Ya no veía a su amiga; veía a otro humano, a otro verdugo. El animal se lanzó con una furia renovada, pero en lugar de usar los cuernos, golpeó a Elena con el testuz, lanzándola varios metros por el aire.
Elena aterrizó con un golpe sordo cerca de las tablas. El dolor fue inmediato y cegador. Sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. A lo lejos, escuchaba las risas de Don Valente y los gritos de los guardias que seguían provocando al animal.
—Lucero… —alcanzó a decir, antes de que su visión empezara a nublarse.
El toro, espoleado por los ataques de los guardias, empezó a arremeter contra todo lo que se movía. La plaza se convirtió en un campo de batalla. Pero entonces, algo extraordinario ocurrió. El animal, en medio de su frenesí, pasó junto al cuerpo inerte de Elena. Se detuvo. Olfateó el aire. El olor a sangre de la joven llegó a sus fosas nasales, pero no era el olor de un enemigo. Era el olor de la única persona que lo había amado.
Sombra se quedó quieto sobre el cuerpo de Elena, protegiéndola con su propia masa corporal mientras los guardias intentaban acercarse con las picas. El animal emitía un sonido gutural, una advertencia para cualquiera que intentara dar un paso más.
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