Continuamos con la historia justo en el momento en que el destino de Elena parece sellado por la mano de su propio hermano…
El forcejeo duró apenas unos segundos, pero para mí fue una eternidad donde cada detalle se grabó a fuego en mi memoria.
Sentí el olor del perfume caro de Héctor mezclado con el olor a azufre de los rayos. Sentí la aspereza de sus manos y la frialdad metálica de la barandilla golpeándome la espalda.
—¡No lo hagas, Héctor! ¡Te vas a arrepentir toda la vida! —grité, pero el viento se tragó mis palabras.
Julián asintió con la cabeza, una señal silenciosa y letal. Héctor me empujó con todas sus fuerzas.
No hubo un adiós. No hubo un último gesto de piedad. Solo el vacío.
La caída fue un segundo de ingravidez aterradora. El aire se escapó de mis pulmones mientras el cielo nocturno, iluminado por un rayo, se alejaba de mí.
Luego, el impacto.
El agua no se sintió como líquido; se sintió como una pared de concreto. El frío me caló hasta los huesos, paralizándome instantáneamente. Me hundí, tragando el agua salada y amarga que quemaba mi garganta.
Arriba, las luces del yate se veían borrosas, como estrellas lejanas que se apagaban. Pude ver la silueta de mi hermano asomado a la barandilla por un segundo, asegurándose de que la oscuridad me tragara por completo.
Y luego, el silencio. Ese silencio absoluto que solo existe en las profundidades.
Luché. Mis pulmones pedían aire a gritos, pero mi mente me decía que era inútil. Estaba en medio del océano, en una tormenta, sin chaleco salvavidas y dada por muerta por las únicas personas que sabían dónde estaba.
Pero en ese momento de oscuridad total, una rabia ardiente nació en mi centro. No podía morir así. No podía dejar que ellos ganaran.
Saqué fuerzas de donde no las tenía y empecé a nadar hacia la superficie. Cuando mi cabeza rompió el agua, el aire frío se sintió como el regalo más preciado del universo.
Tossí, escupiendo agua, mientras buscaba frenéticamente las luces del yate. Se alejaban a toda velocidad. Me habían dejado allí para que el mar hiciera el trabajo sucio.
—¡Maldito seas, Héctor! —bramé, aunque sabía que nadie podía oírme—. ¡Malditos sean todos!
Me mantuve a flote como pude, luchando contra olas que me golpeaban como puñetazos. El cansancio empezó a apoderarse de mis músculos en pocos minutos. El calambre en mi pierna derecha me advirtió que no duraría mucho tiempo.
Fue entonces cuando recordé el colgante.
Meses atrás, cuando empecé mi investigación, mi contacto en la fiscalía me había entregado un pequeño dispositivo. Parecía un dije de oro viejo, una reliquia familiar que yo siempre llevaba puesta.
«Si las cosas se ponen feas, presiona el centro tres veces», me había dicho. «Es un emisor de grado militar. No necesita señal de celular, usa satélites. Y es resistente al agua».
Con los dedos entumecidos por el frío, busqué el colgante debajo de mi blusa empapada. Ahí estaba. Mis manos temblaban tanto que casi lo pierdo.
Presioné. Una. Dos. Tres veces.
Un pequeño LED rojo, casi imperceptible entre la espuma blanca de las olas, parpadeó débilmente.
—Por favor… por favor, que funcione —supliqué al cielo negro.
Pasaron minutos que parecieron horas. El agua estaba robándome el calor corporal. Sabía que la hipotermia era mi verdadera enemiga ahora. Mi vista empezó a nublarse y el deseo de simplemente cerrar los ojos y dejar de luchar se volvió tentador.
«Duérmete, Elena… ya terminó», me decía una voz en mi cabeza.
Pero entonces, algo cambió. Un zumbido, diferente al del viento, empezó a crecer. No venía del agua, venía del cielo.
A lo lejos, una luz potente cortó la oscuridad. No era el yate de mi hermano. Era algo más rápido, más pequeño.
Héctor y Julián pensaban que me habían arrojado a mi tumba. No sabían que, en realidad, me habían arrojado a mi renacimiento. Porque el plan de escape no había empezado cuando caí al agua; había empezado mucho antes.
A bordo del yate, Héctor ya debía estar brindando con el mejor coñac del bar, celebrando que el «problema» se había hundido. Lo que no sabía es que la justicia, a veces, tiene que hundirse para poder emerger con más fuerza.
El zumbido se convirtió en el rugido de las aspas de un helicóptero de rescate. El reflector barrió el mar, buscando desesperadamente mi pequeña figura en la inmensidad.
Cuando la luz me dio de lleno en la cara, supe que la pesadilla de mi hermano apenas estaba comenzando.
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