Continuamos con la historia donde la dejamos, en ese tenso encuentro sobre la cubierta del yate…
La mención de la seguridad del muelle no inmutó a Marcus. Al contrario, lo hizo sonreír, pero era una sonrisa carente de alegría, una mueca amarga que hizo que Ashley se estremeciera. Ella conocía a Marcus; sabía que su nobleza era su mayor virtud, pero también sabía que, cuando un hombre bueno llega a su límite, el resultado es impredecible.
—Seguridad… —repitió Marcus en voz baja—. Es curioso que menciones la seguridad, Horacio. Porque yo me pasé los últimos tres años tratando de darle a ella toda la seguridad que mis manos podían construir. Trabajé bajo la lluvia, en turnos de noche, ahorrando cada centavo para que ella pudiera estudiar, para que tuviera un techo donde nunca faltara el calor. Pero supongo que tu tipo de seguridad brilla más, ¿verdad?
Horacio soltó un suspiro de aburrimiento y miró a Ashley, quien estaba al borde del llanto, aunque no era un llanto de arrepentimiento, sino de humillación.
—Ashley, por favor, deshazte de él. Tenemos una reserva en el restaurante a las ocho y no pienso llegar tarde por un arranque de celos de tu… lo que sea que sea este tipo para ti —dijo Horacio, dándole la espalda a la escena para servirse otra copa de champagne, como si Marcus fuera un insecto que ya no merecía su atención.
Ashley miró a Marcus. Sus ojos suplicaban, pero no por perdón, sino por silencio. Quería que se fuera, que desapareciera, que la dejara seguir viviendo su fantasía de riqueza sin que su realidad de clase trabajadora le recordara quién era ella en verdad.
—Marcus, por favor —susurró ella, acercándose lo suficiente para que solo él pudiera escucharla—. Vete a casa. Hablaremos luego, te lo explicaré todo. No me hagas esto aquí, no frente a él. Él puede cambiar mi vida, puede darme las oportunidades que siempre soñé. Tú… tú eres bueno, pero esto es otro nivel. No lo entenderías.
—¿Qué es lo que no entendería, Ashley? —preguntó Marcus, elevando la voz para que Horacio también escuchara—. ¿No entendería que me mentiste cada día de los últimos meses? ¿Que mientras yo cenaba pan con café para que tú pudieras comprarte esos zapatos caros, tú estabas aquí riéndote de mi esfuerzo?
Él levantó el ramo de rosas. Las flores, que minutos antes eran un símbolo de amor, ahora parecían una ofrenda fúnebre.
—¿Sabes cuánto me costó este ramo? —continuó Marcus—. Probablemente para tu nuevo amigo sea lo que gasta en una propina, pero para mí representaba el extra de un trabajo de domingo. Pero tienes razón, Horacio. Ella merece cosas que yo no puedo darle. Merece un precio, y parece que tú ya lo pagaste.
Ashley soltó un sollozo, pero Marcus ya no sentía la necesidad de consolarla. La rabia, que al principio era una llama descontrolada, se había enfriado hasta convertirse en un bloque de hielo sólido en su pecho. Miró a su alrededor, observando el lujo del yate: las maderas finas, los detalles en acero inoxidable, las botellas de licor costosas. Todo era un escenario de cartón piedra que cubría una podredumbre moral que ahora le resultaba evidente.
—¿Cuánto te costó ella, Horacio? —preguntó Marcus con una calma que resultó más aterradora que cualquier grito.
El hombre mayor se giró, con los ojos entrecerrados.
—Ten cuidado con lo que dices, muchachito.
—No, ten cuidado tú —respondió Marcus—. Porque te llevas a una mujer que sabe fingir muy bien. Te llevas a alguien que es capaz de mirar a los ojos a la persona que más la ama y decirle «te quiero» mientras planea cómo subirse a tu yate por la tarde. Disfrútala, de verdad. Pero recuerda que lo que se compra por dinero, por dinero se vende.
Ashley, herida en su orgullo, finalmente estalló. La máscara de arrepentimiento se cayó y mostró su verdadera cara.
—¡Ya basta, Marcus! —gritó ella—. Sí, estoy con él. ¿Y qué? ¿Qué me ofrecías tú? ¿Una vida de contar centavos? ¿Un departamento pequeño con olor a humedad y vacaciones en el parque de la esquina? Estoy harta de ser pobre, Marcus. Estoy harta de tu «nobleza». La nobleza no paga las cuentas ni compra vestidos de seda. Horacio me trata como una reina, me lleva a lugares que tú solo ves en televisión. Así que sí, quédate con tus rosas baratas y lárgate de mi vista. ¡No te quiero volver a ver!
El silencio que siguió a sus palabras fue sepulcral. Incluso el sonido de las olas chocando contra el casco del yate parecía haberse detenido. Marcus la miró, no con odio, sino con una lástima tan profunda que Ashley tuvo que desviar la mirada.
En ese momento, Marcus metió la mano en el bolsillo de su pantalón. Sus dedos rozaron la pequeña caja de terciopelo que contenía el anillo que había comprado con los ahorros de toda su vida. Un anillo sencillo, pero con una piedra pequeña y pura, como él creía que era su amor. Por un segundo, pensó en sacarlo y tirarlo al mar frente a ella, pero decidió que ni siquiera ese gesto de drama valía la pena. Ella ya no merecía ver el sacrificio que él estaba dispuesto a hacer.
Marcus caminó hacia la barandilla del yate. Miró el agua oscura y profunda. Luego, miró las rosas. Con un movimiento lento y deliberado, empezó a deshojar una de ellas, dejando que los pétalos rojos cayeran sobre la cubierta blanca, manchando la perfección del yate de Horacio.
—Tienes razón, Ashley —dijo Marcus sin mirarla—. Esto es otro nivel. Pero no el nivel que tú crees. Tú piensas que estás subiendo, pero solo estás cambiando de dueño.
Horacio soltó una carcajada burlona, creyendo que había ganado la batalla.
—Bueno, ya que terminaste tu discurso filosófico, ¿podemos seguir con nuestra tarde o vas a seguir ensuciando mi barco?
Marcus se volvió hacia él. Por primera vez en toda la tarde, no había rastro de dolor en su rostro. Solo una resolución fría y cortante.
—Me voy, Horacio. Pero no porque tú me lo digas. Me voy porque este lugar apesta a algo que ninguna cantidad de perfume francés puede ocultar.
Marcus comenzó a caminar hacia la pasarela, pero antes de bajar, se detuvo y miró a un grupo de personas que estaban en el muelle observando la escena, y luego, en un gesto inesperado, su mirada pareció atravesar el tiempo y el espacio.
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