Sé que te quedaste con el corazón en la mano viendo cómo las luces de los enemigos rodeaban la mansión, así que aquí te traigo el desenlace que tanto esperabas.
El estruendo de los motores de las camionetas blindadas allá afuera era como el rugido de bestias hambrientas. Don Aurelio no se inmutó. A sus sesenta años, el hombre que había gobernado el norte con puño de hierro y guante de seda sabía que el miedo era un lujo que no podía permitirse.
—Patrón, ya están en la entrada principal. Los muchachos no van a aguantar más de cinco minutos —balbuceó El Sombra, su escolta más fiel, mientras sus manos sudorosas apretaban el fusil de asalto.
Aurelio lo miró con una calma que resultaba casi insultante dadas las circunstancias. Se ajustó el saco de seda gris y caminó hacia el centro del jardín interior, donde una imponente fuente de mármol de Carrara escupía agua cristalina. El sonido del líquido chocando contra la piedra era lo único que contrastaba con los gritos de guerra que venían desde el otro lado de los muros.
—Cinco minutos son una eternidad, Sombra, si sabes qué hacer con ellos —respondió el viejo líder con voz ronca.
Sin prisa, Aurelio metió la mano en la boca de una de las gárgolas de piedra que adornaban la fuente. No buscaba una llave, buscaba una sensación. Sus dedos encontraron una muesca oculta, un interruptor que solo él conocía. Al presionarlo, un zumbido mecánico, profundo y vibrante, comenzó a nacer desde las entrañas de la tierra.
El Sombra abrió los ojos de par en par. Había vivido en esa mansión por diez años y jamás imaginó que el suelo que pisaba guardaba un secreto de tal magnitud. La base de la fuente comenzó a deslizarse hacia atrás con una suavidad asombrosa, revelando una escalera de caracol que se perdía en una oscuridad absoluta.
—Baja —ordenó Aurelio, señalando el abismo—. Y no mires atrás. El pasado se queda arriba para que el futuro pueda respirar.
Justo cuando el primer portón de la mansión cedió con una explosión sónica que hizo vibrar los vidrios, los dos hombres se sumergieron en las profundidades. El mecanismo se cerró sobre sus cabezas con un clic metálico final, dejando el jardín en un silencio sepulcral, justo antes de que una horda de hombres armados de la facción rival irrumpiera disparando a las sombras.
Sin embargo, lo que Aurelio no sabía era que el destino tiene formas muy retorcidas de cobrar las facturas. Mientras ellos descendían por aquel pasadizo frío y con olor a salitre, a solo unos kilómetros de ahí, una unidad táctica de la policía de élite, que llevaba meses tras su rastro, recibía una señal de calor anómala proveniente del subsuelo de la mansión.
El escape no iba a ser una salida triunfal hacia la libertad. Iba a ser una ratonera de lujo.
Aurelio guiaba el camino con una linterna táctica. El pasillo subterráneo era largo, con paredes reforzadas de concreto hidráulico. El Sombra, aún recuperando el aliento, no dejaba de mirar hacia el techo, temiendo que el peso de la casa y de sus enemigos se les viniera encima.
—¿A dónde va esto, patrón? —preguntó el escolta en un susurro.
—A la vida o a la muerte, hijo. Depende de quién llegue primero a la salida del túnel en el acantilado —contestó Aurelio sin detenerse.
Pero entonces, un ruido seco y rítmico detuvo el corazón de ambos. No venía de atrás, de donde estaban sus rivales. Venía de arriba, pero de un punto mucho más adelantado. Era el sonido de taladros neumáticos perforando el concreto.
La policía no estaba esperando a que salieran. Estaban entrando directamente a su santuario privado.
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