Sé que no pudiste cerrar la ventana después de ver ese último segundo; tu instinto te trajo aquí porque sabes que una traición así no puede quedar en el aire.
El silencio en aquella habitación de la mansión era tan denso que casi se podía tocar.
Jason sentía que el aire le quemaba los pulmones.
Aquel lugar, con sus pisos de mármol pulido y sus cortinas de seda que bailaban suavemente con la brisa de la tarde, se sentía ahora como una tumba.
En su mano izquierda, apretaba una caja envuelta en papel de terciopelo azul.
Era el regalo que le había costado seis meses de turnos dobles.
Era el símbolo de un futuro que, hasta hace cinco minutos, creía asegurado.
Pero en su mano derecha, el peso era distinto.
El metal de la pistola estaba frío, un contraste violento con el calor de la rabia que le subía por el cuello.
—Jason, por favor… baja eso —susurró Sofía, con la voz quebrada.
Ella estaba allí, envuelta apenas en una sábana de hilos finos, con el cabello revuelto y los ojos inyectados en llanto.
A su lado, un hombre que Jason reconoció de inmediato intentaba cubrirse, aunque el miedo le impedía coordinar sus movimientos.
Era Ricardo, el mismo hombre que Jason llamaba «jefe».
El mismo hombre que le había dado una palmada en la espalda apenas ayer, felicitándolo por su lealtad en la empresa.
—¿Lealtad? —rugió Jason, y el sonido de su propia voz le pareció el de un extraño.
Sus ojos no se apartaban de la pareja.
Sentía una presión sorda en los oídos, un pitido constante que nublaba su juicio.
Cada detalle de la habitación le hería: las copas de cristal con restos de vino caro, la ropa tirada sin cuidado sobre la alfombra persa.
—Jason, no es lo que parece —alcanzó a decir Ricardo, con las manos en alto, temblando como una hoja.
—¿No es lo que parece? —Jason dio un paso adelante, el cañón del arma firme—. Te veo en mi cama, con mi mujer, en la casa que tú mismo me ayudaste a elegir… ¿Qué parte estoy malinterpretando, Ricardo?
Sofía sollozó con fuerza, ocultando el rostro entre las manos.
—¡Perdóname! —gritó ella— ¡Fue un error, Jason! ¡Te lo juro!
Pero las palabras de Sofía ya no tenían valor para él.
Eran cenizas en el viento.
Jason recordó las noches que llegó tarde a casa, cansado hasta los huesos, solo para verla dormir y sentirse el hombre más afortunado del mundo.
Recordó cómo ahorró cada centavo para ese regalo que ahora yacía olvidado en su mano izquierda.
La traición tiene un olor particular, y en esa habitación olía a perfume caro y a mentiras podridas.
—Tú no eres un asesino, Jason —insistió Ricardo, tratando de usar ese tono de voz autoritario que empleaba en la oficina—. Piénsalo. Si aprietas ese gatillo, tu vida se acaba. Yo puedo… puedo compensarte.
Aquella palabra, «compensarte», fue como gasolina sobre el fuego.
Jason sintió que el dedo índice le hormigueaba sobre el gatillo.
¿Acaso Ricardo pensaba que el honor y el amor tenían un precio en su chequera?
—¿Crees que todo se compra, verdad? —preguntó Jason con una calma aterradora—. Crees que porque tienes esta mansión y este poder, puedes tomar lo que quieras.
Sofía se lanzó al suelo, de rodillas, arrastrándose hacia él.
—¡Dispárame a mí si quieres, pero detente! —suplicó ella, interponiéndose físicamente entre Jason y su amante.
El protagonista se quedó congelado por un segundo.
La imagen de la mujer que amaba protegiendo al hombre que lo había destruido fue el golpe final.
En ese momento de tensión máxima, donde el tiempo parecía haberse detenido, Jason hizo algo inesperado.
Lentamente, giró la cabeza.
Sus ojos, cargados de una tristeza infinita y una furia contenida, se clavaron directamente en la lente de la cámara que, oculta en una esquina, lo grababa todo.
Era una mirada que atravesaba la pantalla, que interpelaba a quien estaba del otro lado.
«¿Qué harías tú?», parecía preguntar sin decir una sola palabra.
El sudor le corría por la frente, y por un instante, el mundo exterior dejó de existir.
Solo estaban él, su dolor y esos miles de ojos que ahora eran testigos de su ruina.
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