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Cosas de la Vida

El peso de una traición: El regalo que Jason nunca debió entregar

6 min de lectura

Continuamos con la historia justo en el momento en que la mirada de Jason nos hiela la sangre…

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Jason no apartó la vista de la cámara por varios segundos que parecieron siglos.

Era como si estuviera buscando una respuesta en el alma de los espectadores.

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O quizás, simplemente estaba asegurándose de que el mundo viera la cara de un hombre al que le han arrancado el corazón.

Ricardo, aprovechando el momento de distracción, intentó alcanzar su teléfono sobre la mesa de noche.

—¡Ni lo pienses! —gritó Jason, volviendo a apuntar con una rapidez felina.

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El clic del arma al ser amartillada resonó en las paredes de mármol como un trueno.

Ricardo se quedó petrificado, con los dedos a milímetros del celular.

—Jason, por el amor de Dios… —balbuceó Sofía, todavía en el suelo—. No dejes que esto nos destruya a todos.

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—»Nos» —repitió Jason con amargura—. Ya no hay un «nosotros», Sofía. Lo mataste tú esta tarde. Lo mataste cada vez que me diste un beso sabiendo que venías de aquí.

Jason caminó lentamente alrededor de la cama, como un depredador que no tiene prisa.

Cada paso de sus botas sobre el suelo impecable era un recordatorio de la brecha social que los separaba.

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Él era el trabajador, el hombre que sudaba por un salario.

Ricardo era el dueño de todo, incluso, al parecer, de la voluntad de Sofía.

—¿Cuánto tiempo, Sofía? —preguntó Jason, con una voz que vibraba de dolor—. ¿Cuánto tiempo llevas riéndote de mí en esta habitación?

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Sofía no respondió, solo seguía llorando, con los hombros sacudidos por los espasmos.

Ricardo, viendo que la situación no mejoraba, intentó un enfoque diferente.

—Jason, escucha… ella no tiene la culpa. Yo la busqué. Yo la presioné. Si quieres culpar a alguien, culpamé a mí. Pero baja el arma.

—¡Cállate! —le espetó Jason—. No trates de ser el héroe ahora. No te queda el papel.

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Jason se acercó al borde de la cama y arrojó la caja de terciopelo azul sobre las sábanas revueltas.

La caja se abrió al caer, revelando un collar de diamantes que brilló bajo la luz de la lámpara de cristal.

No era un collar cualquiera.

Era una pieza antigua, una reliquia que Jason había recuperado de una casa de empeños tras meses de búsqueda, sabiendo que era lo único que Sofía siempre había querido recuperar de su propia historia familiar.

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Al ver el collar, Sofía dejó escapar un grito ahogado.

El remordimiento pareció golpearla con más fuerza que cualquier bala.

—Jason… no… —sollozó ella, cubriéndose la boca.

—Ese era tu regalo de aniversario —dijo Jason con un hilo de voz—. Quería pedirte que nos mudáramos lejos. Quería empezar de cero, lejos de esta ciudad, de este trabajo… de él.

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El contraste entre el gesto de amor puro que representaba el collar y la escena de infidelidad era insoportable.

Incluso Ricardo pareció avergonzado por un instante, bajando la mirada.

Jason sentía que el peso del arma en su mano se volvía cada vez más difícil de sostener.

No porque fuera pesada, sino porque su alma estaba agotada.

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Sin embargo, la ira volvió a encenderse cuando vio en el cuello de Ricardo una pequeña marca, un rastro de la pasión de hace unos minutos.

—¿Sabes qué es lo peor, Ricardo? —dijo Jason acercándosele al rostro—. Que yo te respetaba. Te veía como un ejemplo.

—Lo sé, Jason, y me equivoqué —respondió el hombre, tratando de mantener la compostura—. Cometí un error humano.

—¿Un error humano? —Jason soltó una carcajada seca y carente de humor—. Un error es olvidar las llaves. Esto es una elección. Elegiste traicionarme cada día.

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Jason apuntó el arma directamente a la frente de Ricardo.

Sofía gritó y se aferró a la pierna de Jason, rogándole que no disparara.

—¡Suéltame! —la apartó él con un movimiento brusco, aunque sin lastimarla.

En ese punto, la tensión era tan alta que cualquier ruido exterior —el canto de un pájaro, el motor de un coche a lo lejos— se sentía como una explosión.

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Jason miró de nuevo el collar sobre la cama.

Miró a la mujer que había sido su mundo y al hombre que lo había traicionado.

Entonces, ocurrió algo que nadie esperaba.

Jason bajó el arma, pero no para rendirse.

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La guardó en la parte trasera de su pantalón y sacó su teléfono celular.

—¿Crees que vine aquí solo con un arma, Ricardo? —preguntó con una sonrisa gélida.

Ricardo lo miró confundido.

—Esta mansión tiene un sistema de seguridad de última generación —continuó Jason—. Un sistema que yo mismo instalé hace dos años como parte de mis tareas «extra».

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Jason mostró la pantalla de su teléfono.

Había una luz roja parpadeando.

—No solo hay una cámara en la esquina —dijo señalando la que ya habíamos visto—. Hay micrófonos y cámaras en toda la casa. Y adivina qué… tu esposa, la dueña real de esta fortuna, acaba de recibir el enlace en vivo de lo que está pasando aquí.

El rostro de Ricardo pasó de un rojo pálido a un blanco cadavérico en un segundo.

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—¿Qué has hecho? —susurró el hombre, dándose cuenta de que su imperio se desmoronaba.

—Te he dado la transparencia que tanto te gusta pedir en las reuniones de la empresa —respondió Jason.

Sofía miró a Ricardo, y luego a Jason, dándose cuenta de que ella también lo había perdido todo.

En ese juego de poder, ella solo era una ficha que ambos acababan de descartar.

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Pero la historia no terminaba ahí.

Jason todavía tenía algo más que decir, algo que cambiaría el rumbo de esa noche para siempre.

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