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Cosas de la Vida

El último refugio del lobo: el secreto bajo la fuente que nadie esperaba

6 min de lectura

Seguimos exactamente donde quedó la escena, en la oscuridad del túnel…

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El polvo comenzó a caer del techo como si fuera nieve gris. Aurelio apagó la linterna. El silencio que siguió fue absoluto, roto únicamente por el latido desbocado en la garganta de El Sombra. El jefe criminal puso una mano firme sobre el hombro de su subordinado, indicándole que no se moviera.

—Son los Federales —susurró Aurelio—. Ese ritmo de perforación… no son los Cuervos. Los Cuervos habrían volado la entrada con C4 sin importarles que el túnel se colapsara. La policía nos quiere vivos.

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—¿Y eso es bueno o malo, patrón? —preguntó El Sombra, cuya lealtad estaba empezando a ser puesta a prueba por el pánico.

—Para ti, es una oportunidad. Para mí, es el final del camino.

De repente, una sección del techo del túnel, unos veinte metros más adelante, estalló en una nube de escombros. Luces blancas y potentes cegaron la oscuridad. Eran las linternas montadas en los cascos del equipo táctico GOE. La policía había usado planos geológicos de la zona para interceptar el bunker en su punto más vulnerable.

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—¡Manos arriba! ¡Policía Federal! ¡No se muevan! —el grito retumbó en las paredes de concreto, amplificado por el eco del pasadizo.

Aurelio, con una agilidad que no correspondía a su edad, empujó a El Sombra hacia un pequeño nicho lateral donde se guardaban suministros de emergencia.

—Escúchame bien —le dijo Aurelio al oído, mientras los pasos pesados de las botas tácticas se acercaban—. Hay un segundo mecanismo detrás de esa caja de metal. Solo cabe uno. Te llevará al colector de agua de la ciudad. Vete. Ahora.

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—¡No lo voy a dejar, patrón! ¡Usted es el que sabe cómo manejar esto! —protestó el joven, con lágrimas de desesperación nublando su vista.

—¡Obedece! —rugió Aurelio en un susurro imperativo—. Tú tienes una familia que te espera en el pueblo. Yo solo tengo pecados y una mansión que ya no me pertenece. Si te quedas, te pudres conmigo. Si te vas, diles a mis nietos que su abuelo se fue de viaje.

Aurelio le entregó una pequeña llave de oro que colgaba de su cuello y lo empujó hacia el hueco. El Sombra, entre sollozos, activó el mecanismo y desapareció en un deslizamiento silencioso justo cuando la primera luz de la policía iluminó el rostro de Don Aurelio.

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El viejo líder se quedó de pie, solo, en medio del túnel. Se sacudió el polvo del saco, se peinó el cabello cano con los dedos y levantó las manos, pero no en señal de rendición total, sino con la dignidad de un rey caído.

El Capitán Martínez, un hombre que había dedicado quince años de su vida a cazar a Aurelio, fue el primero en encararlo. Martínez bajó su arma lentamente, sorprendido por la falta de resistencia y la soledad del hombre frente a él.

—¿Dónde están los demás, Aurelio? ¿Dónde está tu ejército? —preguntó Martínez, jadeando.

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—Mi ejército se quedó arriba, Capitán. O están muertos, o están cambiando de bando. Ya sabe cómo es este negocio. La lealtad dura lo que dura el último fajo de billetes —respondió Aurelio con una sonrisa amarga.

—Te tenemos. No hay salida. El túnel está bloqueado en ambos extremos —dijo el oficial, haciendo una señal para que sus hombres lo esposaran.

—Oh, Capitán… usted cree que este búnker era para escapar —Aurelio soltó una carcajada seca que heló la sangre de los oficiales presentes—. Este búnker no es una salida. Es un archivo.

Aurelio señaló hacia una puerta de acero reforzado que estaba justo detrás de él, una que la policía no había notado en la confusión.

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—Ahí dentro está la verdad que va a incendiar este país. Nombres, fechas, cuentas bancarias. No solo mías, sino de los que le pagan su sueldo a usted y a sus jefes.

El ambiente cambió de inmediato. Los oficiales se miraron entre sí con desconfianza. Martínez apretó la mandíbula. Sabía que si esa puerta se abría y el contenido se hacía público, el caos sería total. Pero también sabía que su orden era «neutralizar» a Aurelio, no necesariamente llevarlo a juicio.

—Ábrela —ordenó Martínez.

—No puedo —dijo Aurelio—. Solo se abre desde adentro. Y la persona que acaba de entrar tiene órdenes muy claras de qué hacer si yo no entro con él en los próximos tres minutos.

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Aurelio estaba mintiendo. El Sombra ya iba lejos por el drenaje. El búnker no tenía a nadie adentro. Pero el farol de Aurelio era su última jugada maestra. Quería ganar tiempo para que el muchacho escapara y, quizás, para algo más personal.

Sin embargo, el destino tenía un giro más preparado. Un estruendo masivo sacudió todo el túnel. Los rivales de Aurelio, los Cuervos, habían encontrado la entrada de la fuente y, al no poder abrirla, habían usado explosivos pesados. El túnel empezó a crujir. Las vigas de acero que sostenían el techo comenzaron a doblarse como si fueran de papel.

—¡Se va a caer todo! —gritó uno de los policías.

—¡Sáquenlo de aquí! —ordenó Martínez, agarrando a Aurelio por el brazo.

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Pero Aurelio se soltó con una fuerza inesperada.

—¡Váyanse! Si este lugar se cae, se lleva los secretos conmigo. Es lo que todos quieren, ¿no? ¡Corran si quieren ver la luz del sol mañana!

El techo comenzó a ceder justo encima de la puerta de acero. Una lluvia de piedras y lodo empezó a sepultar el camino. Martínez tuvo que tomar una decisión en una fracción de segundo: salvar al criminal más buscado del país o salvar a sus propios hombres.

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