Continuamos con la historia donde la dejamos, el juego del gato y el ratón apenas comienza…
La cena transcurrió en un silencio tenso, solo interrumpido por el chocar de los cubiertos contra la porcelana fina.
Ricardo observaba a Elena con una intensidad que empezaba a incomodarla.
Ella, por su parte, fingía interés en los detalles del día de trabajo de su esposo, aunque su mente estaba en la maleta que ya tenía lista en el coche de su amante, estacionado a tres cuadras de la mansión.
—Te noto distraída, querida —comentó Ricardo, cortando un trozo de carne con una precisión quirúrgica—. ¿Acaso hay algo que te preocupe?
—Para nada, cielo. Solo es el cansancio de organizar la gala benéfica de la próxima semana —mintió ella, regalándole una de esas sonrisas que antes lo desarmaban.
—Ah, la gala. Es curioso que lo menciones —dijo él, dejando el cuchillo de lado—. Estaba pensando en la seguridad. Hoy mismo instalé unas cámaras nuevas de última generación. Son invisibles, ¿sabes? Se activan con el calor corporal.
Elena sintió como si un balde de agua helada le cayera encima.
El corazón le dio un vuelco, golpeando contra sus costillas como un pájaro enjaulado.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué sentiste la necesidad de hacer eso? —preguntó, tratando de que su voz no temblara.
—La inseguridad está terrible, Elena. Uno nunca sabe quién puede entrar en tu propia casa y robarte lo que más valoras. Incluso las personas que uno cree conocer pueden resultar ser unos completos extraños.
Ricardo se levantó de la mesa y caminó hacia ella.
Le puso las manos sobre los hombros. Elena sintió el peso de esas manos como si fueran de plomo.
—Acompáñame al despacho. Quiero enseñarte algo que compré para ti. Un regalo por nuestra «lealtad» mutua.
Elena no pudo negarse. Sus piernas se sentían como gelatina mientras caminaba por el pasillo hacia la habitación donde, apenas unas horas antes, había cometido el robo.
Al entrar, Ricardo no encendió la luz principal. Solo la lámpara del escritorio proyectaba sombras alargadas y macabras en las paredes.
Él se sentó en su silla y le hizo una señal para que se acercara.
—Sabes, Elena, siempre pensé que éramos el equipo perfecto. Yo ponía el esfuerzo, tú ponías la clase. Pero hoy me di cuenta de que el equipo tenía un infiltrado.
En ese momento, Ricardo giró el monitor hacia ella.
El video comenzó a reproducirse.
Elena se vio a sí misma. Vio cómo movía el cuadro. Vio cómo digitaba la clave que él, con supuesta ingenuidad, le había confiado años atrás.
Vio su propio rostro iluminado por la codicia mientras sacaba las joyas de la abuela de Ricardo, piezas únicas que no tenían precio.
—No es lo que parece, Ricardo… yo… —empezó a balbucear ella, mientras el color se le escapaba del rostro, dejándola pálida como un cadáver.
—¿No es lo que parece? —Ricardo soltó una carcajada seca, carente de toda alegría—. Parece un robo. Parece una traición. Parece que mi esposa es una criminal común.
De repente, Ricardo sacó la caja de madera que había guardado antes.
La abrió lentamente.
Elena esperaba ver un arma, tal vez un revólver que pusiera fin a su vida en ese instante de locura.
Pero lo que había dentro era algo mucho más letal para una mujer de su estatus.
Eran una serie de documentos legales, ya firmados y notariados, junto con un fajo de fotografías.
—¿Pensaste que no sabía lo de Mauricio? —preguntó Ricardo con una calma aterradora—. El «instructor de gimnasio» que te espera en la esquina en un coche que, irónicamente, yo pagué.
Las fotos mostraban a Elena y su amante en situaciones que no dejaban lugar a la duda.
—Estas fotos ya están en manos de los abogados de mi familia. Y estos documentos… —él golpeó los papeles con el dedo— son la anulación inmediata de nuestro acuerdo prematrimonial por cláusula de infidelidad y conducta delictiva.
Elena sintió que el mundo se abría bajo sus pies.
—¡No puedes hacerme esto! ¡Me quedaré en la calle! —gritó, perdiendo por fin la compostura y lanzándose hacia él.
Ricardo la esquivó con un movimiento fluido, levantándose de la silla.
—No te quedarás en la calle, Elena. No todavía. He llamado a la policía. El video que acabas de ver ya se está subiendo a la nube de la fiscalía.
—¡Por favor, Ricardo! ¡Podemos hablarlo! ¡Te devolveré todo! —suplicó ella, cayendo de rodillas, con el maquillaje corrido por las lágrimas de puro terror.
—Lo que me robaste no fue dinero, Elena. Fue la última gota de respeto que te tenía. Y ahora, prepárate, porque tu «venganza» apenas comienza.
En ese momento, el sonido de las sirenas empezó a escucharse a lo lejos, acercándose rápidamente a la mansión.
Pero Ricardo tenía una última sorpresa, algo que la dejaría marcada para siempre antes de que las esposas rozaran sus muñecas.
—Mira bien el reloj, Elena. En cinco minutos, este video se hará público en todas tus redes sociales y en los grupos de la alta sociedad a los que tanto amas pertenecer. Mañana no serás la gran señora, serás «la ladrona del año».
La mirada de Ricardo era de un hielo absoluto. Él no buscaba su muerte física, buscaba su muerte social.
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