Continuamos con la historia donde la dejamos, en el momento exacto en que la esperanza parecía romperse…
El sonido fue como un disparo de cañón.
Cuando el cable principal se partió, el puente no cayó de forma recta.
Latió como un látigo gigante, lanzando a Mateo hacia el costado de la montaña con una fuerza brutal.
El golpe contra la pared de roca le sacó todo el aire. Sus costillas protestaron con un crujido que él sintió más que escuchó.
Sin embargo, por un milagro de la física o de la fe, su mano izquierda seguía aferrada a una de las cuerdas guía que se había enredado en un saliente de piedra.
Allí estaba él, colgado de una soga que se deshilachaba, golpeado contra el granito frío, con la lluvia empezando a caer en gotas pesadas y heladas.
Desde la altura, Don Aurelio caminó hasta el borde mismo del precipicio. Se asomó, ignorando el peligro de la tierra mojada.
—¿Sigues ahí, muchacho? —preguntó, esta vez sin rastro de burla—.
Mateo intentó responder, pero solo le salió un gemido de dolor. La sangre le bajaba por la frente, enturbiándole la visión.
—Escúchame bien —continuó el millonario, su voz ahora profunda y grave—. Tienes dos opciones.
—Puedes soltarte. Si lo haces, el dolor terminará en tres segundos. Nadie te culpará. El mundo es demasiado pesado para hombros tan jóvenes como los tuyos.
Mateo escupió un poco de sangre y miró hacia arriba, tratando de enfocar la silueta del hombre.
—¿Y la segunda? —logró articular con una voz que no reconocía como suya—.
—La segunda es que escales. No hay puente. No hay ayuda. Solo tus dedos contra la piedra y tu voluntad contra la gravedad.
—Si llegas aquí arriba por tu cuenta, no solo te llevarás el maletín. Te daré algo que el dinero no puede comprar.
Mateo sintió una rabia ardiente encenderse en su pecho.
Ese hombre rico, que seguramente nunca había pasado hambre, que nunca había tenido que elegir entre comer o pagar una renta, lo estaba sermoneando mientras él moría.
—¡Váyase al diablo! —gritó Mateo, y esa rabia le dio la energía que necesitaba para clavar sus dedos en una grieta de la roca—.
Empezó a subir. Centímetro a centímetro.
Cada movimiento era una agonía. Sus dedos, entumecidos por el frío, sangraban al contacto con la piedra afilada.
La lluvia convertía la pared en una superficie resbaladiza y traicionera.
En un momento, su pie resbaló. Mateo quedó suspendido solo por las puntas de sus dedos.
Sintió que el tendón de su dedo medio estaba a punto de romperse.
«Hazlo por ella», se repetía a sí mismo. «Hazlo por Elena. Si tú te caes, ella se va contigo».
Don Aurelio no se movía. No pidió ayuda, no sacó una cuerda de rescate. Simplemente observaba.
Pero algo había cambiado en su postura. Ya no fumaba. Tenía las manos metidas en los bolsillos de su abrigo caro, apretando los puños con tanta fuerza que sus brazos temblaban.
Mateo encontró un apoyo sólido para su bota derecha. Se impulsó hacia arriba.
Estaba a solo cinco metros del borde. Cinco metros que parecían kilómetros.
Sus pensamientos empezaron a divagar debido al agotamiento.
Recordó el olor de las tortillas que su madre hacía por las mañanas, cuando él era un niño y creía que el mundo era un lugar seguro.
Recordó el día que su padre se fue, dejándolos con nada más que deudas y una vieja fotografía.
Ese recuerdo le dolió más que las costillas rotas.
¿Por qué los buenos siempre tenían que sufrir? ¿Por qué la vida era un puente roto para algunos y una alfombra roja para otros?
—¡Ya casi estás! —gritó Don Aurelio—. ¡No mires abajo! ¡Mírame a mí!
Mateo levantó la vista. El rostro del anciano estaba empapado por la lluvia, y por un segundo, a través de la neblina, Mateo creyó ver lágrimas en sus ojos.
Pero no podía ser. Los hombres como él no lloraban.
Con un último esfuerzo sobrehumano, Mateo lanzó su mano derecha hacia el borde de césped y tierra.
Sus dedos se enterraron en el lodo.
Don Aurelio se arrodilló y extendió su mano.
—Tómala —ordenó—. Confía en mí por una vez.
Mateo dudó. Sus ojos se encontraron con los del millonario.
Vio algo ahí que no había notado antes. No era crueldad. Era una desesperación tan profunda como el abismo que acababa de escalar.
Mateo cerró su mano herida alrededor de la mano enguantada del anciano.
Con un tirón vigoroso, Don Aurelio lo arrastró hacia la seguridad de la tierra firme.
Ambos quedaron tendidos bajo la lluvia, jadeando, el joven cubierto de barro y sangre, el viejo con su traje de seda arruinado.
El silencio que siguió solo fue roto por el trueno lejano y el sonido del río, allá abajo, lamentando haber perdido su presa.
Después de unos minutos, Don Aurelio se incorporó pesadamente.
Se sacudió el lodo con una elegancia que resultaba casi absurda en ese escenario.
Caminó hacia la mesa de mármol, donde el maletín seguía intacto, protegido por una pequeña carpa de lona.
Lo tomó y regresó hacia donde Mateo intentaba ponerse de pie.
—Aquí está tu dinero —dijo Don Aurelio, dejando el maletín a los pies del muchacho—.
—Pero antes de que te vayas, antes de que me odies por el resto de tu vida, tienes que saber por qué hice esto.
Mateo, apoyado en un árbol, se limpió la sangre de la cara.
—No me importa su razón —escupió Mateo—. Usted es un monstruo. Pudo haberme matado.
Don Aurelio asintió lentamente, mirando hacia el horizonte gris.
—Pude. Pero necesitaba saber si eras como él. Necesitaba saber si tenías su misma sangre.
Mateo frunció el ceño, confundido por las palabras del anciano.
—¿De qué está hablando? ¿Quién es «él»?
Don Aurelio sacó de su billetera una fotografía vieja, arrugada y protegida por un plástico.
Se la extendió a Mateo con manos temblorosas.
Al verla, Mateo sintió que el mundo volvía a girar bajo sus pies, pero esta vez no era por el abismo físico.
Era la misma fotografía que él llevaba en su bolsillo. La misma feria. La misma madre.
Pero en esta versión, había un hombre joven abrazando a Elena. Un hombre que se parecía a Mateo como si fuera su propio reflejo en un espejo.
—Ese es mi hijo —susurró Don Aurelio—. El hijo que rechacé porque se enamoró de una mujer humilde. El hijo que murió hace veinte años intentando cruzar un río crecido para llevarle medicinas a su esposa.
El corazón de Mateo se detuvo.
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