Estás en la parte 2: la historia continúa y el descenso a lo desconocido acaba de empezar…
La oscuridad en el pasadizo era tan densa que se podía sentir en la piel, como una manta de terciopelo húmedo. Aurelio escuchó el eco amortiguado de los golpes sobre la piedra arriba de ellos. Sabía que los comandos estarían revisando cada centímetro de la habitación, buscando cámaras ocultas, escaneando las paredes, pero la fuente de piedra volcánica era un prodigio de la ingeniería antigua mezclada con tecnología moderna; no dejaría pasar ni un gramo de calor hacia abajo.
—Patrón, no veo absolutamente nada —la voz de Esteban susurró desde unos metros más abajo, cargada de una ansiedad que intentaba reprimir.
—Camina con la mano izquierda pegada a la pared, Esteban. Sentirás una línea de metal frío. Síguela. El túnel tiene una inclinación de quince grados; si te separas de la pared, podrías tropezar y aquí abajo un tobillo roto es una sentencia de muerte —respondió Aurelio, su voz resonando con una autoridad que devolvía la calma.
Aurelio sacó una pequeña linterna de luz ultravioleta de su bolsillo. Al encenderla, el túnel cobró vida de una manera fantasmal. Las paredes estaban cubiertas de un musgo sintético que absorbía el sonido, y en el suelo, marcas fluorescentes invisibles al ojo humano guiaban el camino. Avanzaron en silencio durante lo que parecieron horas, aunque el reloj de Aurelio apenas marcaba quince minutos.
—¿A dónde lleva esto, patrón? Si me permite la pregunta —dijo Esteban, cuya respiración se estaba volviendo más pesada debido a la falta de circulación de aire fresco.
—Lleva al pasado, Esteban. Y al futuro —contestó Aurelio crípticamente—. Este túnel atraviesa la montaña por debajo de un acuífero natural. Los radares de penetración terrestre de la policía no pueden distinguir entre el vacío de la cueva y las bolsas de agua del subsuelo. Estamos caminando por el único punto ciego de toda la región.
De repente, un sonido sordo y rítmico empezó a vibrar en las paredes. No eran explosiones, era algo más constante. Esteban se detuvo en seco, desenfundando su arma de nuevo.
—¿Escucha eso? Suena como… maquinaria.
Aurelio sonrió en la oscuridad. —Es el corazón de la selva, muchacho. O al menos, lo que yo hice de él.
Llegaron a una puerta de acero macizo que parecía fundida con la roca misma. Aurelio introdujo una clave en un panel que emergió de una grieta natural. Al abrirse, no se encontraron con una cueva húmeda, sino con una antecámara impecable, iluminada por luces LED tenues que se activaron con el movimiento. Había suministros, armas limpias, y lo más importante: un monitor que mostraba las cámaras de seguridad que aún funcionaban en la mansión de arriba.
En la pantalla, se veía el caos. Los comandos destrozaban muebles, interrogaban a los pocos sirvientes que no habían logrado huir y, lo más impactante, un hombre de uniforme impecable y rostro severo caminaba por el búnker, golpeando la fuente de piedra con el cañón de su fusil.
—Es el Capitán Mendoza —dijo Esteban con odio—. Ha estado buscándolo por diez años. Dice que no descansará hasta verlo en una celda de tres por tres.
Aurelio observó al capitán en la pantalla. Había algo casi personal en la forma en que Mendoza miraba la habitación. No era solo un oficial cumpliendo su deber; era un cazador que acababa de perder a su presa más valiosa.
—Mendoza es un hombre de principios, eso lo respeto —comentó Aurelio, mientras se cambiaba su camisa de lino por una chaqueta táctica oscura—. El problema de los hombres con principios es que creen que el mundo se divide en muros y puertas. No entienden que, para algunos de nosotros, el suelo es solo otra sugerencia.
En ese momento, una alarma silenciosa parpadeó en rojo en la esquina de la pantalla. Un sensor de movimiento en la entrada del túnel había sido activado. Los comandos habían encontrado el mecanismo. No tardarían mucho en forzarlo.
—Tenemos que movernos, Esteban. El tiempo de la contemplación se acabó.
Cruzaron la antecámara hacia un segundo pasadizo, este mucho más estrecho y húmedo. El olor a tierra mojada fue reemplazado por el olor a combustible y aceite. Al final del corredor, la luz del día se filtraba tímidamente por una abertura camuflada con vegetación densa. Allí, esperando en una pequeña cala oculta por la maleza y los árboles de caucho, se encontraba una lancha rápida de fibra de carbono, pintada de un verde oscuro mate para fundirse con las aguas lodosas del río cercano.
—Subre, Esteban. Yo manejo —ordenó Aurelio.
Mientras el motor de la lancha cobraba vida con un ronroneo casi imperceptible, Aurelio miró hacia atrás, hacia la montaña que escondía su santuario ahora profanado. Sabía que Mendoza y sus hombres estarían bajando por el túnel en cualquier momento, pero para cuando llegaran a la cala, ellos ya serían solo un recuerdo en la corriente del río.
Sin embargo, justo cuando estaban a punto de soltar las amarras, un disparo impactó en el casco de la lancha, haciendo que Esteban se lanzara al suelo de la embarcación. Desde la maleza, a solo veinte metros de distancia, tres figuras con uniformes camuflados emergieron. No eran los comandos de Mendoza. Eran hombres sin insignias, con el rostro cubierto por pasamontañas negros.
—¡Nos tendieron una trampa! —gritó Esteban, respondiendo al fuego—. ¡Estos no son del gobierno, patrón!
Aurelio sintió un frío diferente esta vez. Alguien lo había traicionado. Alguien sabía del túnel secreto, alguien que no estaba en la mansión ni en el gobierno. Alguien que quería algo que ni siquiera Mendoza conocía.
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