Sé que no podías quedarte solo con el inicio, porque las historias que tocan el alma exigen ser escuchadas hasta el último suspiro. Continuemos.
El ramo de rosas rojas, esas que Marcus había seleccionado una a una en la floristería de la esquina, pesaba en su mano derecha como si estuviera hecho de plomo. El sol de la tarde golpeaba con fuerza sobre el muelle de madera barnizada, y el olor a salitre se mezclaba con el perfume floral, creando una fragancia agridulce que, años después, Marcus todavía recordaría como el aroma exacto del fin de su inocencia.
Él se quedó ahí, petrificado, a pocos metros de la pasarela del «Serenity», un yate de líneas agresivas y elegancia obscena que contrastaba violentamente con sus zapatos gastados y su camisa de lino barata, esa que se había esmerado en planchar esa misma mañana.
Arriba, en la cubierta de popa, la risa de Ashley flotaba en el aire, cristalina y despreocupada. Era la misma risa que lo despertaba cada mañana, la misma que él creía haber jurado proteger por el resto de su vida. Pero en ese momento, esa risa no era para él. Ella estaba reclinada sobre un sofá de cuero blanco, con una copa de champagne en la mano, y su cuerpo se inclinaba con una familiaridad dolorosa hacia un hombre que le doblaba la edad.
El hombre, de cabello canoso perfectamente recortado y un reloj de oro que destellaba con cada uno de sus gestos, mantenía una mano posesiva sobre la rodilla de Ashley. Ella no se apartaba; al contrario, se acariciaba el cabello con esa coquetería que Marcus pensaba que era un código exclusivo entre ellos dos.
Marcus sintió un vacío en el estómago, una caída libre hacia un abismo de incredulidad. Por un segundo, quiso convencerse de que era un error. Quizás era un pariente lejano, un jefe, alguien importante en el nuevo trabajo que ella decía haber conseguido hacía apenas dos meses. Pero los ojos no mienten, y mucho menos el instinto de un hombre que ha amado con entrega total. La forma en que ella lo miraba a él, al hombre del yate, tenía un brillo de ambición y entrega que Marcus nunca había logrado despertar del todo, a pesar de sus turnos dobles en la construcción y sus sacrificios para que a ella no le faltara nada.
El silencio del muelle se rompió cuando Marcus dio el primer paso. El crujido de la madera bajo sus pies pareció un trueno en medio de la tarde. Ashley giró la cabeza, alertada por el movimiento, y su rostro pasó de la euforia a una palidez mortecina en una fracción de segundo. La copa de cristal fino tembló en sus dedos, y por un instante, el mundo pareció detenerse.
—¿Marcus? —susurró ella, aunque la distancia era suficiente para que él apenas pudiera leer sus labios.
El hombre mayor frunció el ceño, dejando de reír, y ajustó sus gafas de sol con una mezcla de fastidio y curiosidad. Miró a Marcus de arriba abajo, deteniéndose en las rosas y en la ropa sencilla, soltando una pequeña mueca de desdén que fue como un látigo en el orgullo del joven.
—¿Quién es este, querida? ¿El mensajero de las flores? —preguntó el hombre con una voz profunda, cargada de una seguridad que solo el dinero puede comprar.
Ashley no respondió de inmediato. Se puso de pie con torpeza, tratando de alisar su vestido corto, un diseño que Marcus nunca le había visto y que seguramente costaba más que tres meses de su alquiler. Sus ojos bailaban de un lado a otro, buscando una salida, una mentira, un refugio donde esconder la evidencia de su engaño.
Marcus subió la pasarela. Cada paso era un esfuerzo sobrehumano. Sentía que el corazón le martilleaba en las sienes, pero una extraña calma, una frialdad que nunca antes había experimentado, comenzó a apoderarse de sus extremidades. Ya no era el Marcus vulnerable que lloraba por una discusión; era un hombre que estaba viendo los escombros de su vida y decidía que no iba a morir bajo ellos.
—Vine a traerte esto —dijo Marcus, su voz saliendo sorprendentemente firme, mientras llegaba a la cubierta—. Hoy cumplimos tres años, ¿lo olvidaste?
Ashley tragó saliva. La mirada del hombre mayor se volvió más afilada, dándose cuenta de que la situación no era una simple confusión de servicio.
—Marcus, escúchame… no es lo que piensas. Esto… esto es una reunión de negocios, el señor Horacio es un cliente potencial y… —las palabras de Ashley salían atropelladas, carentes de cualquier lógica, mientras intentaba acercarse a él para tocarle el brazo.
Él retrocedió un paso, evitando el contacto como si ella fuera fuego. La miró a los ojos, buscando algún rastro de la mujer con la que había compartido su cama y sus sueños de formar una familia, pero solo encontró a una desconocida disfrazada de lujo.
—¿Negocios, Ashley? —Marcus señaló el brazo del hombre que aún descansaba en el respaldo del sofá donde ella había estado sentada—. ¿Desde cuándo los negocios incluyen que te acaricien como si fueras de su propiedad? ¿Desde cuándo tu oficina es un yate en medio del puerto mientras me dices que te quedas hasta tarde haciendo inventario?
Horacio, el hombre del yate, soltó una risotada seca y se levantó, mostrando su estatura y una arrogancia que pretendía intimidar a Marcus.
—Mira, muchacho —dijo Horacio, caminando hacia ellos con las manos en los bolsillos de su pantalón de sastre—. No sé qué tipo de drama de telenovela quieras armar aquí, pero estás interrumpiendo mi tarde. Ashley es una mujer que merece cosas que tú claramente no puedes darle. Si tienes un poco de dignidad, deja esas flores en el suelo y vete por donde viniste antes de que llame a seguridad.
Marcus lo miró directamente. No había miedo en sus ojos, solo una profunda decepción que se transformaba en algo más oscuro y definitivo.
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